Walt Whitman (Miguel Iturria Savón)

Hace años, tras leer una reseña de José Martí sobre Walt Whitman, busqué y leí Hojas de hierba, el poemario del gran lírico estadounidense; debió ser una antología, como la leída ahora -traducida por Pablo Mañé Garzón y publicada en Barcelona-, pues Whitman escribió mucho, pero se identificó con Hojas de hierba, editado en 1855 con doce poemas multiplicados en reediciones corregidas y ampliadas, hasta la novena -la “edición del lecho de muerte”- que acabó antes de fallecer, aunque hubo una décima en 1897 con “Ecos de la vejez” y otros poemas póstumos.

Apenas recordaba al autor de “Cánticos democráticos”, “Canto a mí mismo” e “Hijos de Adán”; yo era muy joven y oscuro para digerir la luz  torrencial de Whitman; quizás sospeché del impresionista comentario de Martí sobre la egocéntrica figura de Walt; tal vez yo estaba atrapado en los símbolos, imágenes y metáforas de los clásicos hispanoamericanos que estudiábamos en el bachillerato y memorizábamos para enamorar a las chicas.

De aquella lectura iniciática de Whitman me impresionó un fragmento del poema sobre animales, lo releo y transcribo ahora gracias al azar concurrente de esta antología de Hojas de hierba:

“Pienso que podría irme a vivir con los animales, tan serenos y satisfechos de sí mismos.

Me quedo mirándoles mucho, mucho tiempo.

No sudan ni gimen por la condición en que se encuentran;

no yacen despiertos en la oscuridad ni lloran por sus pecados;

no me hartan discutiendo sus deberes para con Dios.

Ninguno está descontento; ninguno enloquece con la manía de poseer cosas;

ninguno se arrodilla ante otro ni ante el recuerdo de alguien que vivió miles de años atrás;

ninguno es respetable ni desdichado en toda la tierra.

Así se muestran ante mí y yo los acepto.

Me brindan testimonio de mí mismo… ”

Esos versos, como casi todos sus versos, son ajenos a modelos previos. Si Shakespeare se inspiró en mitos griegos y leyendas italianas al escribir sus dramas sobre Inglaterra, Whitman baraja la cultura occidental que lo nutre y escoge temas, hechos y paisajes esencialmente norteamericanos. Sus poemas son cincelados de golpe, como una cascada de imágenes, ecos e ideas escritas mientras respira. No en vano su ciclo vital -nació en 1819 en West Hills, cerca de New York, donde murió en 1892- lo convirtió en testigo de la insólita evolución de los Estados Unidos de América, cuyos sucesos registra en artículos polémicos y poemas vitales inspirados en los campos, ríos, ciudades y batallas de la Guerra de Secesión, durante la cual trabajó en hospitales y desempeñó tareas administrativas de las que lo despiden –como antes del periodismo- al firmarse la paz “por sus escritos indecentes”.

Walt Whitman, considerado como el poeta nacional norteamericano, fue -o es- un referente intelectual entre sus contemporáneos y en poetas posteriores. Su obra y estilo ha sido tan estudiada como la narrativa de Edgar A. Poe y Mark Twain. Según la crítica, la grandeza de Whitman radica en el coraje que puso en la renovación del pensamiento literario de su tiempo y en la vitalidad que le imprimió a sus entregas. Fue, en sentido literal, el cantor de la democracia y la libertad del hombre, aunque algunos poemas suyos escandalizaron por su naturalismo descarnado, la forma de expresar su propia personalidad e identificarse con la gente del entorno sin prejuicios.

Los originales versos de Whitman desconciertan a veces por el tema, la hondura filosófica y estética sin regodeo expositivo y, sobre todo, por la forma de situarse entre la poesía lírica y la prosa poética. Sorprende al lector, por ejemplo, el breve “Canto a mí mismo”: …a la persona única, separada; que / pronuncio la palabra democrático /…/ A la vida ardiente de pasión, al nervio, al poder; /…al Hombre Moderno”.

Más que sutil, la belleza de Whitman no está en ambigüedades expresivas, sino en la arenilla interior que nos dejan sus versos claros, a veces evocadores del hombre bohemio de vivencias oblicuas que lo habitó. En su poética “construye el presente sobre el pasado” cual notario que redacta actas -“A un historiador”, “A ti, vieja causa”- y testamentos -“En alta mar, a bordo de navíos”, “Al viajar por los estados”- sin nutrirse de misterios ni fantasmas. No es un taumaturgo, sino el cronista “crédulo de cualidades, tiempos y razas” que  relata e interroga sin esperar respuestas, asido al oleaje de su época como un explorador que escudriña, desafía o abruma sin atrincherarse en escándalos y maledicencias, seguro de ser “discípulo de los simples, maestro de los reflexivos”.

La sensibilidad de Whitman, liberada de convenciones y tradicionalismo, confiesa creer “en la carne y los deseos, acepta la realidad sin ponerla en entredicho”, solfea “el canto de la expansión y el orgullo” desde “las tierras de la Democracia”, y desborda simpatía por cuantos les rodean: soldados y marineros, labradores y mecánicos, carpinteros y zapateros, esclavos prófugos y “rojos aborígenes”, periodistas y pintores, muchachas yanquis y presidiarios, emigrantes y prostitutas, la multitud festiva o indignada.

En la poética del trascendente Whitman, “ciudadano de alma robusta” que usó la angustia como uno de sus trajes, caben el amor y el sexo -incluido lo homosexual-, la muerte, la religión y la incertidumbre en Dios -“La lógica y los sermones nunca convencen”-, lo americano y lo extranjero, lo nuevo y lo antiguo y temas recurrentes: lo material e inmaterial, la política -“Oh, Capitán, mi Capitán”, su homenaje a Abraham Lincoln-, y la identidad personal: “Yo no lloriqueo como se lloriquea por todo el mundo. /…/ Sé que soy fuerte y saludable. /…/ Sé que soy augusto. /…/ Yo existo como soy. Eso basta.”

¿Cuál es la clave del “realista y trascendental” creador de Hojas de hierba? ¿Su aparente atemporalidad? Al parecer, la recepción y vigencia lírica del viejo y moderno Walt Whitman, ha sido un misterio con pasaporte universal que impresionó a José Martí y Rubén Darío, a Oscar Wilde, Wallace Stevens, D. H. Lawrence, T. S. Eliot, García Lorca, León Felipe y Pablo Neruda, a Fernando Pessoa, J. L. Borges, Ernesto Cardenal, Allen Ginsberg y John Ashbery, entre otros poetas, narradores y ensayistas de diversas generaciones, latitudes y sensibilidades.


 

Many years ago, after reading José Martí’s review on Walt Whitman, I searched and I read Leaves of grass, the book of poems of the great North American lyric poet; It should have been an anthology, like the one I´m reading now – translated for Pablo Mañé Garzón and published in Barcelona – -, because Whitman wrote a lot, but he´s identified with Leaves of grass, published in 1855 with twelve poems multiplied in reprints corrected and enlarged  to the ninth “edition of the deathbed”- that he finished just before dying, although there was a tenth in 1897, Echos of old age and other posthumous poems -.

I hardly remembered the author of  Chants Democratic,  Song To myself and  Sons of Adam; I was very young and dark to digest Whitman’s torrential light;  perhaps I was suspicious of the impressionist Marti’s comment on the Walt’s egocentric figure; perhaps I was trapped in the symbols, images and metaphors of the Spanish-American classics that we studied in pre-university classes and memorized to court the girls.

Of that initiation reading of Whitman, a fragment of the poem relating to animals impressed me, I re-read it and transcribe now thanks to the concurring  chance of this anthology of Leaves of grass:

“Pienso que podría irme a vivir con los animales, tan serenos y satisfechos de sí mismos.

Me quedo mirándoles mucho, mucho tiempo.

No sudan ni gimen por la condición en que se encuentran;

no yacen despiertos en la oscuridad ni lloran por sus pecados;

no me hartan discutiendo sus deberes para con Dios.

Ninguno está descontento; ninguno enloquece con la manía de poseer cosas;

ninguno se arrodilla ante otro ni ante el recuerdo de alguien que vivió miles de años atrás;

ninguno es respetable ni desdichado en toda la tierra.

Así se muestran ante mí y yo los acepto.

Me brindan testimonio de mí mismo… ”

Those verses, like almost all its verses, are not typical of previous models. If Shakespeare was inspired on Greek myths and Italian legends when writing his dramas on England, Whitman gives consideration to the Western culture that nourishes him and he chooses themes, doings and essentially North American landscapes. His poems are chiseled all at once, as a waterfall of images, echoes and written ideas while he breathes. Not for nothing his vital cycle- he was born in 1819 in West Hills, close to New York, where died in 1892 – turned him into witness of the unusual evolution of the United States of America, whose events he register in polemical articles and vital poems inspired in the fields, rivers, cities and battles of the Secession´s War, during the one he worked in hospitals and also was employed in administrative tasks before been dismiss- like he was of journalism -.”for his indecent papers” when peace is established.

Walt Whitman, regarded as the North American´s national poet, was – or still is- an intellectual referent between his contemporaries and postern poets. His work and style has been as studied as Edgar A. Poe’s and Mark Twain’s narrative. According to the criticism, the greatness of Whitman consists in the courage  he deployed in the renewal of the literary thought of his time and in the vitality that he printed in its deliveries. He was, in literal sense, the singer of democracy and the freedom of the man, although some poems of  his had scandalized by their crude naturalism, the way of expressing his own personality and providing evidence of his identity without prejudices to people surrounding him.

The original verses of Whitman sometimes disconcert for the theme, the philosophical and esthetic depth without expositive fruition and, most of all, by the way of of positioning itself between lyric poetry and the poetical prose.  For instance, the brief “Song to myself”:…a la persona única, separada; que / pronuncio la palabra democrático /…/ A la vida ardiente de pasión, al nervio, al poder; /…al Hombre Moderno”,  surprises the reader.

More than subtle, the beauty of Whitman´s poetry is not in expressive ambiguities, but in the interior blotting powder that leave in us his obvious, sometimes evocative verses of the bohemian man of oblique events experienced in life that inhabited in himself. In his poetics “forge the present on the past” as notary that writes up minutes -“To a historian”, “To you, Old Cause”, – – and testaments “Out At Sea, aboard vessels”, “When traveling by the states”- without receiving nourishment of mysteries neither ghosts, -. He is not a miracle worker, but the chronicler “credulous of qualities, times and races”  narrating and questioning without expecting answers, grasped to the roll of his epoch like an explorer that scrutinizes, defy or overwhelm without getting under cover in scandals and slanders, sure of being “pupil of the simple, master of the reflexives.”

The sensibility of Whitman, liberated of conventions and traditionalism,  confesses to believing “in flesh and desires,  accept the reality without casting doubt on it”, sol-fees “the song of the expansion and the pride” from “the lands of Democracy”, and his  sense of joint interest surpasses all round him: soldiers and sailors, peasants and mechanics, carpenters and shoemakers, slaves fugitives and “aboriginal reds”, journalists and painters, Yankee girls and convicts, immigrants and prostitutes, the festive or outraged  multitude.

In the poetics of the transcendent Whitman , “citizen of robust soul” who it used the anguish like one of his suits, there are room for love and sex – the  homosexual  included – -, Death, religion and the uncertainty on God ” logic and sermons never convince”, what is American and  what is foreign, the newness and ancient and recurring subjects -: The material and immaterial, politics, – “Oh, Captain, my Captain”, his homage to Abraham Lincoln -, and the personal identity:  “Yo no lloriqueo como se lloriquea por todo el mundo. /…/ Sé que soy fuerte y saludable. /…/ Sé que soy augusto. /…/ Yo existo como soy. Eso basta.”

Which is key of the realist and transcendental creator of Leaves of grass?  His apparent timelessness? It seems that the reception and lyrical validity of  the old and modern Walt Whitman has been a mystery with universal passport that impressed José Martí and Ruben Dario, to Oscar Wilde, Wallace Stevens, D. h. Lawrence, T. S.. Eliot, Garcia Lorca, Leon Felipe and Pablo Neruda, to Ferdinand Pessoa, J. l. Borges, Ernesto Cardenal, Allen Ginsberg and John Ashbery, between other poets, narrators and various generations’ essayists, latitudes and sensibilities.

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